lunes, 15 de julio de 2013

Crónica de la Galarleiz 2013 por Esteban Pereda

Mi más sincero agradecimiento por la crónica a Esteban Pereda que junto a un gran grupo de cántabros finalizó la dura maratón de Galarleiz 2013 que fue ganada por José Felipe Larrazabal Palacio con 3:37:28.
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CRÓNICA DEL AGOTAMIENTO.
LA EXPERIENCIA DE LA GALARLEIZ (SAN PELAYO-ZALLA). 14 DE JULIO DE 2013.

Un saludo para todos. Es la primera vez que hago una crónica (subjetiva, por supuesto) de una carrera por montaña, pero ya que Esteban me lo ha pedido, estoy encantado de elaborarla para la página CANTABRIA TRAIL.



Todo comienza a las cinco menos cuarto de la mañana. Un madrugón para llegar con tiempo a Zalla y tomar el autobús que nos lleve a la línea de salida en San Pelayo (Burgos). Comienzan las malas sensaciones. No he pegado ojo en toda la noche (fundamentalmente por el calor que hace y porque la mente se va, sin quererlo, a los problemas laborales de la semana que acaba y los problemas que se avecinan para la siguiente).

En Zalla nos plantamos Thierry y yo, miembros del Grupo de Montaña Orza, a las 7:15. Tomamos algo en un bar y ya a las 7:45 sale el primer autobús de Zalla con destino San Pelayo. Por el camino la niebla es espesa, pero cuando vamos llegando a los Montes de Ordunte, ¡vaya por Dios!, el cielo despejado y calor asegurado. Nunca me ha gustado correr con calor.

Queda una hora para la salida y Thierry y yo debatimos sobre la idoneidad  de llevar el cinturón con bebida y geles; hay muchos avituallamientos y decidimos no llevar el susodicho cinturón. No me gusta correr con él, se me hace incómodo y, con calor, más todavía.

A las 9:30, ya con calor (¿por qué no salir una hora antes?), arrancamos los 350 ó 360 participantes. Mi intención es, al contrario de lo que siempre suelo hacer, trotar a ritmo medio y no darme el palizón. En 45 días llevo 6 carreras (incluida una maratón de asfalto) y mis piernas no recuperan (ya lo noté en el Trail Ruta Las Minas).

El primer kilómetro y medio es por asfalto y salgo a un ritmo cómodo (4 min 5 seg el Km). En seguida iniciamos el ascenso, por pista polvorienta y con mucha piedra suelta, al monte más alto, el Zalama. Vamos, más o menos, en el puesto 60º. La subida la hago a veces corriendo, a veces andando, en contra de mi costumbre de subir siempre corriendo, pero hay que reservar fuerzas: la carrera es larga, hay 12 montes a los que subir y, lo más preocupante, muchos descensos vertiginosos que afrontar. Así que me lo tomo con tranquilidad, sin acelerar demasiado el pulso; Thierry viene a unos 300 m.

Cuando bordeamos un vallado que encierra la turbera del Zalama, corre un viento fresquito (¡menos mal!). Ahí disfruto llaneando y bajando sin castigar demasiado los cuádriceps, pero esta carrera te condena a cortar el rollo cuando mejor te encuentras. Ascenso al Lamana, descenso vertiginoso y ascenso nuevamente para coronar la Maza del Topo. Llevamos 11 kms. y las piernas ya comienzan a quedárseme torpes, sin sensaciones. “Pero bueno” (pienso)”como de pulsaciones voy muy bien y me he mentalizado sobre esta carrera asumiendo su dureza y longitud, vamos a ver lo positivo”.

No sé si me estaba engañando a mí mismo, pero todo apunta  a que sí. Indicios: me van pasando corredores, cosa que no suele ser normal, porque me gusta ir de menos a más.

La siguiente prueba es subir al Balgerri, más o menos situado en el primer tercio del recorrido, y ya se tiene que hacer caminando; el calor aprieta y noto cómo cada km me va pesando en las piernas. El descenso me hace sufrir, llevo los cuádriceps cansados.

Para más inri, coronamos Las Estacas y el Pando, y hasta el km. 23 la carrera se desarrolla por la ladera sur del cordal que recorremos. ¿Qué supone esto? Pues que el sol nos da sin piedad (con lo fresquita y boscosa que se veía la cara norte…). Estamos a 30º-32º.

Para combatir ese calor y evitar lo que me suele suceder en este tipo de carreras largas (tirones en los abductores cuando hay que trepar o subir en la última parte de la carrera), cojo siempre un botellín de agua en cada avituallamiento y lo llevo en la mano, acabándolo prácticamente por completo antes de llegar al siguiente avituallamiento. Creo que esta decisión fue fundamental para poder llegar a la meta.

Empiezo a comerme la cabeza. Ya estoy tocado del todo, porque el pulso ya no lo recupero tan fácilmente. Para intentar evadirme un poco de esas sensaciones molestas, oteo el horizonte a mi derecha viendo el espectacular paisaje de los Montes de Ordunte, su embalse y el valle de Mena. Menos mal que la gente te anima también y te hace poner la piel de gallina; pero cuando pasas 100 m y ya no los escuchas, vuelta al sufrimiento.

En el km. 27 tenemos avituallamiento sólido y decido pararme un minuto. Como medio plátano, frutos secos, un poco de Aquarius y me cojo el botellín de agua de rigor. Apenas 150 m de subida después del avituallamiento llegamos a la ermita del monte Kolitza, donde hay buena cantidad de aficionados que te animan y te llaman por tu nombre. Pero, ¿de qué me conocen? Claro: llevamos nuestro nombre en el dorsal. Mira que ni lo había pensado. Bordeamos la ladera norte y después de unos zigzags, bajamos por terreno peligroso.

Ya no me permito el lujo de correr en pendientes de más del 3%; si lo hago, parece que el corazón se me sale. ¡Y qué calor! Como un perro alcanzo la cima del Garbea, a tan sólo 10 km de meta. Mentalmente me armo de ánimo, porque de ahí ya voy descontando lo que me queda. Lo malo es el descenso vertiginoso, en el que, si me freno, me duelen los cuádriceps; y, si me lanzo, no me dan las piernas para poder poner una delante de la otra.

Menos mal que viene un tramo de un par de kilómetros por bosque, donde puedo coger un ritmo muy lento, pero constante, hasta que volvemos a bajar a cañón, cruzar la carretera y afrontar la subida del prado de Martintxu, unos 300 m al 31% de desnivel, y al que temen todos los que han corrido la Galarleiz. A mí, en la situación en que me encuentro, prefiero subir que bajar, y lo hago animado, pensando que sólo quedan 4 kms. En esa cuesta consigo alcanzar definitivamente a Eloy Rodríguez, otro cántabro y ex -remero de traineras como yo, que va con calambres. En los últimos 30 m de la subida ikurriñas, banderas de Cantabria, de Murcia, de Castilla-León, dan ambiente, junto con los gritos de la gente.

¡Bien! Sólo quedan 4 kilómetros. Llaneamos un poco, bajamos, hacemos un ligero ascenso y ya, por sendero que permite bajar a buen ritmo, vamos bajando a Zalla. Ya se escuchan las voces del público y, una vez más, he sabido sufrir como un perro. Pero qué envidia me dan los que me sacan 15 ó 20 minutos.

Al cruzar la línea de llegada, no puedo recuperar el resuello; me siento, espero 10 min para levantarme. Eloy ha llegado un par de minutos después de mí. Estoy absolutamente agotado. Cojo mi mochila y me encamino a las duchas caminando a cámara lenta y bajo un sol de justicia, pero la ducha vale la pena (la verdad sea dicha, en unas instalaciones modélicas).

Al salir de la ducha, Thierry viene por el pasillo; la verdad es que le van las carreras largas y está contento.
Al final, Puesto 76º para mí (4 h 55 min 26 seg) y puesto 106º para Thierry Ardizzonne (5 h 16 min 1 seg).

Llegamos a casa sobre las 6 de la tarde. Parece mentira. Ya se ha ido el domingo y lo único que hemos hecho ha sido correr y sufrir.

Conclusión 1: nos gusta, qué se le va a hacer.
Conclusión  2: tengo que descansar una buena temporada y estar fresco en septiembre. Porque si uno no es un “máquina”, es la mejor decisión posible.

Esteban Pereda Saiz. Grupo de Montaña Orza.